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INCOMUNICADOS

En la era de las comunicaciones, donde todos, en mayor o menor medida nos manejamos con internet, mensajes de texto y telefonía celular, curiosamente, el mayor problema que hay en los grupos deportivos, profesionales, semiprofesionales o amateurs, es la falta de comunicación.

Hemos mejorado en un montón de cosas, y como existen estas herramientas, se ha optimizado la manera de enviar mensajes, memos, avisos de cambios de horarios, etc. Cada vez son menos los que quedan colgados porque no les avisaron, ya que un sms, un mail, el whatsapp o el facebook ayudan a agilizar algunos procesos.

Pero así como se ha avanzado tanto en este aspecto de la comunicación, se ha retrocedido mucho en otros tal vez más importantes de la vida del grupo, que tienen que ver con las relaciones directas con los jefes (léase entrenadores, dirigentes) o compañeros de trabajo (jugadores).

Ejemplos hay a montones. El histórico culebrón Riquelme – Palermo es uno de ellos. Comparten muchísimo tiempo juntos, pero se hablan a través de los medios. ¿Solo pasa en Argentina? Ni ahí, miren a Tevez quejándose porque Mancini, su DT por entonces, hace entrenar al Manchester City en doble turno ante los periodistas… ¿No sería más lógico que lo hiciera en la intimidad? Y si lo hizo, ¿qué pasa con la autoridad o los códigos de un grupo en los que un compañero saca a relucir cuestiones como esta? Evidentemente, algo está fallando desde la cabeza o desde el primer escalón de la cadena de mando, y obviamente en mayor o menor medida este tipo de cortocircuitos afecta a la vida del plantel.

Bajando el nivel de exposición, en otros ámbitos, incluso en el deporte formativo, mas de una vez nos encontramos con jugadores que no juegan en el puesto que más les gusta, y no saben por qué el DT los pone en la posición que ocupan hoy en la cancha; otros no tienen muy claro que pretende de ellos el entrenador dentro del campo de juego; los hay también que no se adaptan a la vida del plantel porque desconocen aspectos importantes de la idiosincrasia del grupo, y así podría seguir tirando ejemplos hasta el cansancio.

Saber qué pretenden de mí o qué tendría que mejorar para optimizar mi rendimiento y mis chances de jugar es importantísimo, pero curiosamente, muchísimos jugadores no tienen respuestas precisas para estas preguntas, en la mayoría de los casos, sencillamente, porque no fueron a las fuentes.

El deporte se ha profesionalizado y especializado terriblemente, pero también ha involucionado en todo lo que tiene que ver con fortalecer la intimidad y la idiosincrasia grupal, y más de una vez, esa es la razón fundamental por la que un equipo no alcanza los objetivos que se ha propuesto o que la calidad de sus integrantes permite inferir que debería alcanzar.

Antes eran más comunes los asados, rondas de mate o reuniones extra entrenamiento, y con ellos indirectamente se fomentaba o fortalecía el contacto interpersonal entre compañeros, entrenadores y dirigentes. Conocer al otro es una herramienta invalorable que ayuda a hacer más llevadera la convivencia y fortalece las pequeñas sociedades. La vida moderna, en la que vivimos corriendo detrás de obligaciones reales e inventadas, le ha quitado tiempo a este tipo de contactos, por lo que los tiempos del grupo o plantel se reducen a las dos o tres horas de entrenamiento físico y técnico-táctico, en los que difícilmente haya tiempo para saber qué le pasa a tal o cual jugador y viceversa.

Antes el entrenador decía “el mejor psicólogo del plantel soy yo”, y en esos tiempos en los que había mucho contacto interpersonal y el DT conocía detalles íntimos de sus jugadores, tal vez no le faltaba razón. Pero en esta época de entrenamientos cortos e intensos y pocas horas invertidas en el trazado humano del grupo, darle una un marco formal de descarga al jugador para poder expresar sus broncas, dudas, temores o clarificar puntos de vista; y un apoyo adicional al cuerpo técnico que le permita optimizar aún más los tiempos y relaciones internas, o tener un ángulo de mirada diferente no es un aporte menor, ¿o sí?

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