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HACETE AMIGO DEL JUEZ

Uno de las costumbres más arraigadas en el argentino promedio, deportivamente hablando, tiene que ver con pasarle la pelota de la culpa al encargado de hacer justicia dentro del campo de juego. Si, el nunca bien ponderado hombre de negro, ese, o esa, porque también hay encargadas de impartir justicia, al que el ingenio popular ha dotado de innumerable cantidad de sobrenombres y que cada vez que entra a un campo de juego recibe una indescriptible e interminable cantidad de epítetos de todo tipo y color, cada vez que osa cobrar en contra de nuestro equipo.
Sin hacer mucho esfuerzo, recordaremos seguramente una larga cantidad de partidos perdidos “por culpa del juez”. Ese que “nos bombeó deliberadamente” o incluso ese al que “le quedó grande el partido y se equivocó feo”, en contra nuestro, claro.

Sí, porque siempre los errores son “en contra nuestro”, y cada vez que nos toca perder, las conductas del árbitro fueron sospechosamente en favor del rival de turno. En Argentina, esto es casi una verdad absoluta, al punto que más de una vez hemos escuchado sentenciar que el árbitro fue decisivo en un partido que terminó 4 a 0 o en el que perdimos por 30 puntos. Siempre, inevitablemente, la culpa la tiene el árbitro. Incluso, cuando un jugador protesta airadamente y se gana una tarjeta o una falta técnica (depende el deporte), la culpa será del árbitro que lo provocó o no le tuvo paciencia, y no del “salame” que se sacó e increpó al juez de mala manera.

Desafiar o cuestionar a la autoridad es otro de los deportes nacionales. Siempre el que manda “es un botón” o algo por el estilo. Si deja jugar, lo criticamos porque el “siga, siga” es permisivo e invita al roce y el golpe innecesario; y si pone mano dura, le achacaremos que la va de “sheriff” y cobra mancha ante el más mínimo roce. Nada nos viene bien.

Pero más allá de cuestiones filosóficas, lo preocupante es que esa energía que ponemos en el árbitro, termina convirtiéndolo general e innecesariamente en un rival más, lo que contribuye a desviarnos de nuestro objetivo original, ya que esa energía utilizada para cuestionar o luchar contra el portador del silbato, no hace otra cosa que desviar nuestro foco del equipo que tenemos enfrente.

No es muy difícil, ¿o si? Nosotros, como equipo, debemos jugar contra ZZ, y ponemos toda nuestra atención y energía al servicio de trazar estrategias que nos permitan vulnerar a ZZ. Pero si en el camino dejamos de mirar a ZZ y nos centramos en el accionar del árbitro, ese gasto energético en la mayoría de los casos termina siendo irrecuperable. Muchas veces, la impotencia que nos genera no encontrar el camino adecuado para vencer al rival, provoca que desviemos la mirada hacia el árbitro, quien pasa a ser nuestro centro de atención. Así, ese reparto de energías beneficia indirectamente a ZZ, que empieza a tener delante un rival no tan preocupado por sus estrategias y potencialidades, ya que tiene repartido su foco entre esa búsqueda de caminos y los cuestionamientos al juez. Esa lucha dividiendo fuerzas disminuye nuestro potencial y favorece a ZZ, que termina pareciendo más fuerte de lo que realmente era, y ese encontrarnos de repente con un rival más fuerte de lo previsto genera en nosotros una impotencia que, generalmente, proyectamos en conductas agresivas hacia el árbitro.

¿Corolario? Los partidos suelen terminar en una derrota cargada de tarjetas, sanciones o faltas técnicas, y la culpa termina siendo del árbitro que nos “bombeó hasta sacarnos del partido”.

Siempre, en la búsqueda de que está primero, si el huevo o la gallina, vamos a encontrar inexorablemente al encargado de impartir justicia, porque va a ser más fácil echarle la culpa al juez que buscar las razones que nos impidieron vulnerar a ZZ. Es algo así como un mecanismo de defensa que, más allá del resultado, nos está impidiendo ver la realidad tal cual es (ZZ jugó mejor que nosotros) y nos está impidiendo crecer (porque si pensamos que perdimos culpa del árbitro, no nos vamos a poner a buscar nuestros errores, ¿no?).

Es cierto que a veces, un fallo dudoso, o una seguidilla de fallos dudosos ayudan y mucho a sacarnos del partido, pero si por un lado logramos entender que el árbitro es tan humano como nosotros y por ende se puede equivocar, vamos a conseguir quitarle a sus pitazos el contenido afectivo que implica el “me está bombeando”; y al mismo tiempo, al no generar sentimientos en contra del hombre / mujer de negro que nos distraigan, vamos a conseguir no salirnos del libreto trazado para vencer a ZZ, porque nuestro foco seguirá puesto en la meta y no en un rival imaginario con el silbato en la mano.

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