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GANAS DE GANAR vs MIEDO DE PERDER

El deporte, como toda actividad en la que hay polos opuestos o un contendiente de cada lado, sabe de historias con finales de película, esos en los que Rocky Balboa noquea a Apolo Creed y termina festejando un triunfo que, a priori, parecía imposible de alcanzar.

Ejemplos hay miles, tanto en los deportes colectivos como en los individuales. El “Punto” que hizo saltar la “Banca” o el pobre que le hizo morder el polvo de la derrota al rico, como a usted más le guste.

En la previa, generalmente, estos argumentos suelen ser utilizados para la preparación psicológica o motivacional de los dos equipos. Para los poderosos habrá un “mandato” con su correspondiente arenga para salir a imponer lo suyo ante el rival inferior. En tanto que para los que encararán la aventura con el traje de Cenicienta, los argumentos pasarán por otro lado, y mientras algunos DT elegirán enfocarse hacia lo épico, otros tal vez optarán por quitarle todo tipo de responsabilidad a sus dirigidos, buscando con ello que jueguen relajados y sin presiones.

En aquellos deportes donde manda la estadística, generalmente gana el más poderoso. La heroica de once guerreros cuidando su arco listos para meter el zarpazo de contra es muy futbolera, pero la historia sabe de miles de casos con final feliz para el supuestamente más débil en todos los deportes, sino, preguntarle al Dream Team estadounidense que se cruzó con Argentina en el Mundial de Básquet Indianápolis 2002 y en los JJOO de Atenas 2004.

El tema es que esos “miles de casos” suelen salir a la cancha con la camiseta del equipo más débil, y las razones hay que empezar a buscarlas en la manera de comunicar.

No todos los Entrenadores son especialistas en motivación (no tienen por qué serlo), y a veces, motivar con recetas o clichés preestablecidos no es lo más aconsejable, y termina provocando que lo que parecería una obviedad (decirle al poderoso que salga a aplastar al débil o viceversa) termine jugando en contra.

El mensaje, supuestamente claro porque así lo marca la realidad, no llega limpio a su receptor por innumerable cantidad de variables, lo que lleva a que en el momento en que debe aflorar la convicción, la niebla termine desdibujando el horizonte.
Independientemente del resultado final, que a veces por obra y gracia del peso de alguna individualidad termina favoreciendo al “Poderoso”: ¿Nunca vieron a un equipo hipotéticamente inferior complicarle la vida mucho más de la cuenta al rival teóricamente superior? Si, seguramente si.

Es que cuando el mensaje no llega limpio y la convicción no es plena afloran las dudas, y allí es donde se produce la confrontación entre las “Ganas de Ganar” de David, contra el “Miedo de Perder” que suele agarrarle a Goliat, cuando le empieza a apretar el zapato en algún momento del partido.

No todos recibimos el mensaje de la misma manera. Hay quienes responden a una arenga dura, incluso a un insulto, y otros que necesitan el aliento suave y la mano en el hombro. Y para complicarla más aún, hay momentos en los que es conveniente hacer una arenga dura y otros en los que es preferible evitar algunos temas o tópicos para no sobrecargar de stress y presión.

En síntesis, la clave no está en lo que se dice, sino en cómo se lo dice, y a quien se le dice que cosa. Cada uno necesita una palabra diferente, y cada grupo tiene su propio estilo de comunicación, lo que no quiere decir que siempre responda al mismo patrón comunicacional, por lo que aquello que la ultima vez lo motivó y lo puso en foco, tal vez hoy no le llegue o termine cargándolo de mayor presión de la deseada.
Se trata de saber que decir y elegir el momento apropiado para hacerlo, y para ello, lo principal es saber observar lo que le pasa al grupo, algo que no siempre se consigue estando sentado en la misma silla. Decía que el entrenador no necesariamente debe ser especialista en motivación ni preparación psicológica. A mayor cantidad de puntos de vista, mayor riqueza de opiniones, ¿no?

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